Las mujeres se van de Grand Tour

En el siglo XVIII, se popularizó entre los hijos de los aristócratas británicos el famoso viaje Italia conocido como Grand Tour. Se trataba de una experiencia eminentemente masculina a la que pocas mujeres tuvieron acceso. La mayoría de las que se aventuraron a viajar hasta tan lejanos destinos, lo hicieron acompañando a sus hermanos, padres o maridos o, incluso, una vez de haber enviudado y de tener libertad para perseguir sus propias inquietudes. A medida que el siglo XVIII se acercaba a su fin, las mujeres comenzaron a viajar en mayor número pero, sobre todo, comenzaron a ofrecernos sus particulares puntos de vista sobre el Grand Tour.

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Emil Brack. Joven pareja preparando el Grand Tour.

En un día señalado como el de hoy, vamos a acompañar a algunas de estas mujeres en su viaje por Italia y a conocer cuáles fueron sus inquietudes, en qué fijaron su atención, a qué dedicaron su tiempo libre y, en definitiva, qué supuso para ellas esta auténtica aventura que fue el Grand Tour.

Dado que el viaje tenía un fuerte componente educativo, la preparación que se hacía del mismo estaba estrechamente ligada con su disfrute. Muchos de los lugares incluidos en el itinerario, no resultaban fácilmente comprensibles para alguien que no estuviese ampliamente versado en la historia y la literatura de la antigua Roma. Aunque las mujeres aristócratas de la Gran Bretaña del siglo XVIII, recibieron, en su mayoría, una educación amplia, que incluía la historia y la literatura antiguas, así como varios idiomas -incluido en latín-, no se esperaba de ellas el mismo grado de conocimiento que se buscaba en ellos. Era la creencia general, que una sabiduría excesiva, es decir, la erudición, restaba femineidad a las mujeres (al mismo tiempo, presumir de esa misma erudición hasta límites excesivos, hacía a los hombres afeminados). Por este motivo, las mujeres no solían expresar sus opiniones en lo referente a las antigüedades que se visitaban a lo largo del Grand Tour. De hacerlo, solían limitarse a reflejar opiniones más expertas que las suyas como nos demuestran las palabras de Lady Lyttelton, a finales del siglo XVIII.

En lo que respecta al famoso Torso, no puedo pretender afirmar que poseo los conocimientos suficientes como para ser sensible a sus encantos. Un tronco sin cabeza, sin brazos o sin piernas me resulta un objeto horroroso; pero no dudo de que posea todas las bellezas y perfecciones que le atribuyen los anticuarios y los expertos. Los músculos están tan fuertemente marcados que estoy obligada a pensar que debió tratarse de una estatua de Hércules; y lo que hace esta de conjetura algo muy probable es el hecho de que descansa sobre la piel de un león.
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Angelica Kauffmann. Virgilio leyendo la Eneida a Augusto y Octavia. 1788

Ellas solían preferir las evocaciones literarias que inspiraban esos mismos lugares que a los hombres les suscitaban tantos recuerdos del pasado. Por otra parte, sabemos que algunos de los guías anticuarios más eruditos de la Roma de finales del siglo XVIII, trataron de hacer las antigüedades más atractivas para las mujeres, ofreciéndoles, en las visitas, detalles que a ellas podían resultarles de especial interés.

Son muchos los aspectos del viaje que los relatos de las mujeres -ya fuesen estos narraciones escritas con intención de ser publicadas, diarios personales o cartas- reflejaban mucho mejor que los de los hombres. Sobre sus hombros recaían los aspectos eminentemente sociales de la estancia en las ciudades italianas. En lugar de las maratonianas sesiones de visitas a sitios arqueológicos y colecciones de antigüedades, buena parte de su tiempo lo destinaban a cultivar las relaciones sociales con la nobleza local o, incluso, a las compras. Ellas son las que nos narran las costumbres de la época, la vestimenta de la aristocracia y la decoración de sus palacios, al tiempo que nos ofrecen una visión elocuente de la condición de las ciudades que visitaban. Estas mujeres de finales del siglo XVIII y principios del XIX, tendían a utilizar estas observaciones como método de comparación de la sociedad y el estado en cuestión, con la forma de vida en la Gran Bretaña de la época. Así, la suciedad o la limpieza de una ciudad demostraban su grado de civilización a ojos de los británicos. Muchas son las reflexiones de este tipo que se encuentran en los relatos de las mujeres, como el realizado por Charlotte Eatton, durante su visita al Panteón de Roma, en el siglo XIX.

Dieciocho siglos han dejado sus huellas -y más que nada- su suciedad tras ellos; lo peor de todo, sin duda, es contemplar el asqueroso estado en el que se conserva; y si me hubieran permitido entrar con mi mopa herética, habría sentido un gran placer fregándolo a mi costa y casi con mis propias manos; y devolviendo a sus columnas de mármol y a sus paredes y a su pavimento una porción no poco considerable de su antigua lozanía y lustre. Es inconcebible la restauración que puede llegar a realizarse con tan solo jabón y agua. Es un hecho lamentable el que nunca se haya limpiado desde que se convirtió en lugar de adoración Cristiana. Los católicos parecen creer que en la mugre se halla una gran santidad. El único intento que se ha llevado a cabo por lograr alguna limpieza, el de blanquear el techo mejor, si se lo hubiesen ahorrado.

Gracias a estas mismas mujeres, sabemos que las de Milán eran las mejores tiendas; realmente bien abastecidas, grandes, espectaculares y repletas de buenos productos británicos. Nápoles era el lugar más indicado para adquirir todo tipo de souvenirs, mientras Venecia era la ciudad en la que se adquirían los objetos más caros pero también más atractivos, gracias a la forma que tenían los comerciantes venecianos de exponerlos para la clientela.

Sarah_Spencer_(1787-1870),_wife_of_William,_3rd_Baron_Lyttelton_by_John_Jackson_(1778-1831)

John Jackson. Retrato de Lady Lyttelton

Como es evidente, no faltaron las mujeres que osaron embarcarse en la aventura el Grand Tour, si bien se vieron enormemente limitadas. El primer obstáculo de todos fue el propio itinerario que para ellas, durante largo tiempo, nunca llegó más al sur de Paestum. De hecho, el propio viaje desde Roma a Nápoles ya era una tortura para muchas mujeres, debido al mal estado de los caminos y a la escasez de los alojamientos. Otro gran impedimento para el disfrute del viaje lo constituía aquello que podían ver y aquello que no. Muchas de las obras de arte recomendadas se hallaban en monasterios a los que ellas no tenían acceso y muchas otras, directamente, les estaban prohibidas por su temática. Los objetos con referencias sexuales más obvias solían permanecer cubiertos o en cubículos cerrados para que las mujeres no estuviesen incómodas al encontrarse en su presencia. Temas como el de Leda y el cisne no eran en absoluto adecuados para la modestia de las damas. Tampoco se consideraba apropiada para ellas la contemplación de desnudos masculinos, aunque los femeninos no parecían provocar ningún tipo de preocupación en el público femenino, ni en el masculino.

A pesar de todas las restricciones y de todos los formalismos, a medida que el siglo XVIII avanzaba, cada vez más mujeres  pudieron disfrutar del Grand Tour y, con ello, ofrecernos una perspectiva mucho más enriquecedora de la multiplicidad de aspectos y experiencias del viaje.

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