Este no es el final

Este viaje que para nosotros ha durado dos meses, para los turistas del siglo XVIII solía prolongarse casi por un año (o más si uno disponía del tiempo, las ganas y el dinero suficientes). Desde Milán, sólo nos queda desandar el camino por el que entramos en Italia. Deberíamos dirigirnos a Turín y, desde allí, tomar de nuevo la ruta hacia los Alpes y atravesarlos por el Monte Cenis para llegar a Francia. Después Lyon, París, el Canal y, de nuevo en casa.

Esto que nos ha parecido relativamente sencillo, a pesar de haber narrado unas cuantas peripecias y aventuras aquí y allá, era mucho más complejo de lo que parecía. Al principio de nuestro itinerario hablábamos de cómo se viajaba en el siglo XVIII; de los medios de transporte que podían utilizarse para llegar a Italia. En más de una ocasión nos hemos referido también a la calidad de los alojamientos que eran una preocupación muy real para gentes que se iban a pasar tanto tiempo fuera de su hogar. Pero, hasta ahora, ha habido dos temas relacionados con el viaje que no hemos llegado a mencionar y que condicionaban el itinerario, quizá más que cualquier otro.

Napoleón cruzando los Alpes por Jaques Louis David, 1804

Napoleón cruzando los Alpes por Jaques Louis David, 1804

Ambos se relacionan con la política de la Europa de la época. Recordemos que, a lo largo del siglo XVIII, fueron muchas las contiendas que estallaron a lo largo y ancho del continente y que cada guerra iba a tener su repercusión en el Grand Tour. En muchas ocasiones había que modificar la ruta prevista con antelación debido a las condiciones políticas del estado o estados que se quisiesen atravesar. Cuando no le hacían a uno prisionero por verse, de pronto, en el centro de alguna de estas batallas.

Evidentemente el mayor problema en este sentido se dio a partir del año 1789, con el estallido de la Revolución Francesa y aunque no llegó a paralizar los viajes a Italia, sí tuvo un impacto en el número de personas que, embarcándose en semejante aventura, elegía París como uno de los destinos del viaje. Ya a comienzos del siglo XIX, las Guerras Napoleónicas causarían un impacto mucho mayor y más diverso al viaje a Italia. A consecuencia de este conflicto que afectó a toda Europa el viaje prácticamente se paralizó hasta la década de 1820. A su término el itinerario sufriría, para la mayoría, una modificación esencial. En lugar de atravesar los Alpes por el Monte Cenis -como hemos hecho nosotros- a partir de este momento se preferiría el paso del Simplón ya que Napoleón lo había mejorado considerablemente con objeto de hacer pasar a su ejército. En consecuencia, a partir de este momento, el camino de entrada en Italia ya no presentaría problema alguno para los viajeros.

Otro gran inconveniente para nuestros turistas británicos era el hecho de que la Italia del XVIII no era un estado unificado. El viajero debía enfrentarse a constantes cruces fronterizos con todo lo que ello suponía. En primer lugar, el pasaporte debía estar en regla. También la carta de sanidad porque, si no se disponía de ella, ante cualquier alarma de epidemia en el estado de procedencia, la cuarentena en el de llegada era obligatoria y esto significaba retrasos importantísimos en los planes. Y, finalmente, no podemos olvidarnos de la estructura de estos estados y ciudades, de sus aduanas y de sus aduaneros. Cada detención conllevaba no sólo una pérdida de tiempo, sino también un desembolso monetario ya que había que sobornar a todos y cada uno de los oficiales que salían al encuentro de nuestros turistas. Como diría mucho después la entrañable Mafalda “era como si el pobre monedero tuviera colitis”.

Arco del Meloncello Fuori Porta Saragozza en Bolonia, entre 1820 y 1828

Arco del Meloncello Fuori Porta Saragozza en Bolonia, entre 1820 y 1828

Para muestra un botón. John Ruskin, relataba en 1840 las paradas obligatorias en su ruta entre Bolonia y Parma de escasos 100 km.  Téngase en cuenta que en cada una hay que pagar, impuestos o peajes (o ambos) y sobornos, además de enseñar el pasaporte. Allá vamos: al salir por la Porta di Bologna; una media milla más adelante, para cruzar el puente; dos millas más allá, en la aduana para abandonar los Estados Pontificios (a los que pertenecía Bolonia); en la aduana de entrada al Ducado de Módena, a un cuarto de milla de la aduana anterior; al entrar por la Porta de Módena (ciudad); y de nuevo al salir de la ciudad; lo mismo al entrar y salir de Regio; a estas alturas toca parar para cambiar los caballos; después el viajero encontraba la aduana de salida del Ducado de Módena y la de entrada al Ducado de Parma; y, por fin, la entrada por la Porta di Parma. En cada parada Ruskin estimaba una pérdida de unos tres minutos y un franco en sobornos, sin contar, por supuesto, las tasas aduaneras y los impuestos.

Con esta imagen que refleja muy bien el verdadero sentido de aventura del viaje nos despedimos de nuestros turistas británicos sin abandonarlos del todo. El próximo 29 de octubre -ya no falta nada- volverán a acompañarnos en la nueva exposición temporal del Museo de Reproducciones titulada Grand Tour Italia. Os esperamos con muchas más historias y actividades. Estáis más que invitados.

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